El problema no fue el error, fue creer que hablar es hacer periodismo

La reciente difusión de la falsa noticia sobre la supuesta muerte del padre de Lionel Messi volvió a poner sobre la mesa un problema que parece repetirse cada vez con más frecuencia: la confusión entre opinar, entretener y ejercer el periodismo.

Tener un micrófono, una cámara o una cuenta con miles de seguidores no convierte automáticamente a una persona en periodista. La esencia del periodismo no está en hablar, sino en informar. Y para informar existe una responsabilidad básica e innegociable: chequear los datos antes de comunicarlos.

Cuando una información involucra a personas, familias y situaciones sensibles, la obligación de verificar se vuelve aún mayor. No alcanza con repetir lo que circula en redes sociales, ni con ampararse en que «lo estaban diciendo en otros lados». La tarea profesional consiste precisamente en distinguir los hechos de los rumores, confirmar fuentes y entender las consecuencias que puede generar una noticia falsa.

Lo ocurrido demuestra que el problema no es únicamente el error, porque cualquier profesional puede equivocarse. El verdadero problema aparece cuando la velocidad, el impacto o la necesidad de generar repercusión se imponen sobre la rigurosidad. En esos casos, el periodismo deja de cumplir su función social y pasa a convertirse en una cadena de amplificación de versiones sin sustento.

Por eso resulta importante recordar que la profesión no consiste solamente en sentarse frente a un micrófono y hablar durante varias horas. Ser periodista implica desarrollar criterio, aprender a contrastar información, tener fuentes confiables y, sobre todo, poseer la cintura profesional necesaria para saber cuándo un dato todavía no está confirmado y no debe ser difundido.

La audiencia deposita confianza en quienes ocupan espacios de comunicación. Esa confianza se construye con credibilidad y se pierde cuando se difunden informaciones falsas que podrían haberse evitado con una simple verificación. En tiempos donde la desinformación circula a una velocidad récord, la responsabilidad de quienes comunican debería ser mayor, no menor.

El caso de la falsa noticia sobre el padre de Messi deja una enseñanza que trasciende a cualquier nombre propio. Cada vez que alguien toma un micrófono, o escribe en un diario, red social, etc; no solo tiene el derecho de expresarse; también asume la obligación de ser responsable con lo que dice. Porque el periodismo no es repetir rumores. El periodismo es, justamente, el trabajo de comprobar si esos rumores son ciertos antes de convertirlos en noticia.

Por último, Florencia Peña, expone dos caras de un mismo fenómeno: la utilización de la información como herramienta de construcción política y emocional. Peña no es una figura ingenua ni ajena a la disputa pública; a lo largo de los años ha expresado posiciones políticas claras y ha participado activamente en debates vinculados al poder. Sin embargo, su identificación con determinados sectores no justifica la difusión de versiones falsas, ataques personales o campañas de desprestigio. Cuando la información queda subordinada a intereses políticos, ideológicos o comerciales, la verdad se convierte en una víctima secundaria y la sociedad termina atrapada entre relatos enfrentados en lugar de hechos comprobables.

Por Reynaldo Ortiz

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